domingo, 24 de septiembre de 2017

Anerü tain, talapajapa naü - Mi paz es tener un lugar donde derramar mis lágrimas


Por, Eduvilia Uliana, Wayuu Uliiana/Escuela de comunicaciones del pueblo wayuu

En una tarde del mes de octubre del año 1997, unos desconocidos perturbaron la tranquilidad de Antonia Iipuana y de sus cinco hijas. Los desconocidos preguntaron por  Wilmer, su único hijo varón el cual tenía 18 años. Esa tarde comenzaron los temores de la familia que al amanecer se convirtieron  en preocupaciones y kasachiki (sucesos trágicos).

“Wilmer se alistó muy rápido y salió de la casa, se puso sus  botas de trabajar  en el cultivo y se fue. No quiso comer, era a las  8 de la mañana”. Antonia recuerda que ese día salió con la comida caliente para brindarle a Wilmer, pero él se fue afanado como si alguna fuerza superior  a su voluntad lo estuviera llamando.  A su madre aun le duele que no se haya despedido pero más le duele no saber de él desde aquel día… esa mañana desapareció.  - “Pareciera que un fuerte viento lo llevó a un lugar sin salidas”.

Su madre  Antonia lo espera y aún lo tiene presente en sus miedos y alegrías. A sus  70 años quiere encontrar el  cadáver para darle sepultura, para por lo  menos  tener un lugar donde derramar sus lágrimas. - “Yo decía entre mis llantos, clamando que me devuelvan a mi hijo, los Ko´ii (paracos) eran los únicos que rodeaban muy cerca de la casa, lloro todo el tiempo,  preguntándome  ¿qué le hicieron a mi hijo?”, - una pregunta que se hacen más de 84 mil familias colombianas, mientras buscan a sus desaparecidos.

Wilmer se convirtió en un número más de las cifras de desaparecidos del conflicto armado colombiano. En la sierra de Uuchou, por el Alto San Jorge, una vereda de Mingueo, corregimiento del Municipio de  Dibulla, donde además otras 36 familias también se suman  al número de víctimas de la huella paramilitar.

Los Ko´ii, aumentaron las amenazas. El asesinato de otros miembros de la comunidad de Uuchou, hicieron crecer los miedos, - “no quise salirme  de mi territorio, pasamos muchos sufrimientos, tampoco mi esposo se quería venir, pero por ver que desaparecieron a otros de la comunidad,  nos venimos, perdimos nuestro ganado, burros, caballos, mulas y mis corotos en la sierra de Uchouu”.

Para salvar su vida y la de los suyos recorrió 24 horas, unas a pie, otras en mulas y finalizó su trayecto en carro para llegar a la finca El Principio, hoy denominado comunidad indígena wayuu Wepiapa, - “mi esposo nos recogió de la sierra con nuestras hijas, estaba lloviendo fuerte, con rayos. En el carro nos acostamos para no ser vistos por los  Ko´ii porque nos sentíamos  perseguidos”. - Su último día en Uuchou fue de lágrimas, no sólo  perdió sus bienes, porque junto a su salida la vivienda que habitaba fue incendiada. Perdió su dignidad de mujer wayuu, perdió su sangre, perdió a su hijo.

Su esposo Manuel Amaya, que le acompañó en esta amarga experiencia y con quien recorrió selvas, ríos y ciudades buscando a su hijo,  se enfermó de cáncer  en la  columna y de próstata, pero el cáncer que lo consumió más rápido, fue  el sufrimiento de no saber sobre su hijo desaparecido, fue el cansancio de una búsqueda sin pistas que lo mató un año  después  de su  llegada a la comunidad de Wepiapa.

Antonia Ipuana, junto a su cuñada Aminta Jayaliyu, iniciaron un proceso  organizativo para que le reivindicaran  sus derechos colectivos como indígenas. - “Aquí vivo como wayuu que soy, de mis tejidos, cuando me mandan a hacer chinchorro, mochilas” y de apoco con muchos esfuerzo lograron que el estado dejara de llamar su asentamiento finca para denominarla Comunidad Wayuu Wepiapa.  

Sus temores siguen vivos y  con su voz nostálgica cuenta toda las veces el kasachiki que vivió. Tiene 30 nietos que protege  con sus conocimientos de medicina tradicional wayuu, afirma que no ha sido informada sobre el proceso de paz o las desmovilizaciones de los paracos - “no creo en eso,  no veo televisión, y ese temor que yo tengo esta clavado en mi para siempre”.

Las promesas gubernamentales enmarcadas en el proceso de paz con los paramilitares y en el actual contexto con la guerrila, pareciera que olvidaran el camino para reparar  los daños y las vivencias causadas a Antonia y a su familia. El proceso de paz lo teje ella misma cuando les enseña a sus nietos su ser wayuu, que el dolor y las desesperanzas te dan fuerzas para buscar la vida en lugares desconocidos.


Las esperanzas se incendiaron y las cenizas del recuerdo le permiten a Antonia desear que todos los hijos que salgan de sus casas a trabajar regresen a comerse la comida caliente, con que su madre les espera. Ese sueño lo reviven las exigencias que sus hijas, sobrinas y nietas tienen en sus reclamos para con el estado colombiano.

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