martes, 28 de octubre de 2025

  

Partera wayuu, pilar que sostiene generaciones 


Texto: Dilexi Pushaina 

Fotografía: Cesar Palmar


Al sur de La Guajira Colombia, donde las montañas se alzan majestuosas, sus cimas envueltas en niebla, sus laderas cubiertas de un manto verde esmeralda que parecen vibrar, en el Resguardo indígena “4 de Noviembre”, bajo el cielo de nubes grises, los árboles y arbustos con flores coloridas como el morado, blanco y amarillo, la brisa lleva susurros de tradiciones milenarias, los cantos melodiosos de los pájaros dan vida a esta parte del territorio wayuu. Allí vive una partera wayuu tiene el don de arrullar a los recién nacidos cuando llegan a este mundo, y a transmitir tradición en cada nacimiento.

Bajo un árbol de cují, Josefa Jusayu desde lo profundo de su ser cuenta su experiencia como guardiana de la salud, la brisa cálida, las melodías del ambiente acompañaron la voz de la mujer, con el tiempo marcado en su rostro, sus manos ásperas llenas de espíritu, son como raíces de un árbol que se hunden en la tierra, que han sentido latidos de corazones que comienza a florecer, con una sonrisa acogedora, su voz como un canto se transporta a algunos momentos exactos de su historia, “yo era quien ayudaba a mi suegro a atender a mujeres en un parto, lo ayudaba a prepararlas y en lo que necesitaba, a las mujeres les daba las medicinas para que pudieran parir rápido, recuerdo que un día había una muchacha que llevaba días con dolores fuertes y no había podido entrar en labor de parto, esa mañana cuando ya el sol se adueñaba por completo del día, se me dió por pasar por la casa de aquella mujer, viendo el dolor que reflejaba su rostro, su desespero y el miedo de perder al hijo que esperaba me apiadé de ella”, recuerda Josefa con una sonrisa nerviosa.

“Viendo la situación de la joven fui a buscar a mi suegro para que ayudara a la mujer, él con su conocimiento le administró unas medicinas wayuu, la joven sintió un alivio y pronto dio a luz a su hijo, en ese momento se fortaleció ese don que la naturaleza me heredó como mujer”.

En esa mañana los recuerdos de la tía Josefa fue un vivo retrato de su andar, con orgullo relataba aquellas épocas en su racho de barro, durante sus embarazos en las mañanas en su fogón ponía su olla para hervir una planta para tener un embarazo sano, sus partos se daban bajo la cobija de la noche, ella con tiempo guardaba todo aquello que sabía que tenía que utilizar en caso de un parto en cualquier momento, en las tardes con la despedida del sol, ella misma sobaba su barriga con esa planta que en algún momento sus sueños y con la ayuda de aquel  que un día fue su maestro le heredaron.

La oscuridad de las pequeñas montañas que envolvía la casa de bareque y barro, sobresalían los destellos de las estrellas, una figura solitaria, con manos expertas y sabiduría ancestral, se encargaba de traer al mundo a su hijo sin más compañía que la noche estrellada, silencio de la noche fue invadida por un llanto recién nacido, los sueños de quienes dormían cerca era sorprendida por un nacimiento, la silla de montar burro fue la primera en abrazar al hijo de Josefa librándolo de alguna enfermedad y asegurándose que su crecimiento fuera sana. Una mamá e hijo sanos y salvos gracias a las medicinas que la acompañaron durante su gestación. 

Josefa en medio de su conversa con los jóvenes añadió con orgullo que, aunque las mujeres en su familia ya no dieran luz en casa, el conocimiento sobre las plantas y las técnicas tradicionales de parto se mantenía viva para facilitar su parto en el hospital, en los momentos en familia junto a sus nietas les enseña la importancia de las plantas, preparación, uso y espiritualidad, siente satisfacción al saber que su legado prevalece en su descendencia, contando con la guía de experta de las parteras y el poder curativo de las plantas medicinales.

Los coros de los pájaros se convertían en un murmullo que acompañaba la voz de Josefa, con un gesto solemne en un silencio profundo, su pensamiento se perdía en el horizonte, la sabiduría propia de alguna manera se ha visto afectada por prácticas ajenas, siendo una amenaza a la sabiduría de una partera, ¿seguiría viva en el corazón del pueblo wayuu o se desaparecerá como las estrellas en el amanecer? Mientras Josefa seguirá caminando cada rincón de su territorio, hablando y sembrando semillas en sus nietas y es la esperanza para su alma de preservar por generaciones sus prácticas ancestrales.

 En el corazón de la comunidad, Josefa sigue tejiendo la vida con hilos de amor y sabiduría, camina con pasos fuertes por mantener un legado que la vida, sus ancestros, el sueño y la naturaleza le han regalado para servir a los suyos, sus manos seguirán dando bienvenida a los recién nacidos, seguirá comunicándose con las plantas para proteger la vida de una madre que espera su hijo, siente el latido del embrión que crece en ella y sabe que está cuidando la vida en su forma más pura, Josefa transmite la tradición y espiritualidad de su pueblo asegurándose que la memoria wayuu siga viva en cada generación.


 

Guillermo y el susurro espiritual de las plantas


Texto: Dayana Cuello, Wayuu Epieyu

Foto: Mairin De Armas


El cielo gris cubría el resguardo “4 de Noviembre” junto a una brisa suave y cálida que movía las hojas de los árboles que rodeaban el lugar. Entre el paisaje verde, la voz pausada de Guillermo Uraliyu se alzaba entre sabiduría y serenidad, mientras recordaba su historia y nos compartía desde su conocimiento sobre las plantas tradicionales.

En su niñez, Guillermo desarrolló la curiosidad por el mundo de la medicina tradicional, “crecí en caracolí” expresó con una sonrisa que refleja los recuerdos con su abuela outsü, que conocía los secretos de la medicina ancestral. A él le encantaba observar cómo preparaba las infusiones, entremezclar raíces y escuchar el sonido del machacar de las hojas, atendiendo a quienes llegaba con el malestar causado por wanulü, aturdiendo sus almas mientras ella buscaba restaurar el equilibrio.  Aquellas imágenes están grabadas en el recuerdo como su primer contacto con el conocimiento. 

A sus 50 años, cuando la vida ha parecido tomar su rumbo, en su transporte tradicional, sin predecir ese momento, cae, no solo un golpe en el brazo, no solo un dolor, es sin duda una nueva vuelta en el espiral de la vida, ese accidente lo redirecciona a revivir esos recuerdos con su abuela y siendo ahora él quien será el curador del alma en el territorio. Este nuevo inicio con historia, remonta al recordar con 7 noches de dolor que se hacían eternas junto a la fiebre, en la última noche, Lapü (sueño) transporta su alma con un viaje hacia el espíritu de las plantas, con sus hojas le mostraban sus formas, con sus tallos remedios, y con sus raíces el equilibrio que juntos iban a restaurar. “Ahí supe que mi Aseyuu me había llamado” dice con humildad y orgullo. Después de su sanación debía pasar un año para conectarse con ese espíritu, practicando, sin recibir algo a cambio de los enfermos para aprender a curar el alma, que es el equilibrio del cuerpo, el espíritu y también del territorio.

Un caso lo marcó profundamente en su memoria, “llegaron unos padres con un niño que padecía de una enfermedad que parecía no tener cura”, comentó con las palabras en un pasado que aun comprenden el gran dolor, al ver la angustia de los padres por el alma afligida de su hijo, toma la valentía que produce ese corazón generoso, decide intentar 3 sesiones, fue entonces que el niño se alivió por completo.

“Ahí entendí, que las plantas no solo curan el cuerpo, si no también el espíritu. No como la medicina occidental, que solo calma por un rato, las plantas devuelven la paz al alma”, relata y describe a quien hoy en día es un adulto y ya es profesional, “ha pasado mucho tiempo y él no ha recaído”. 

Hoy, el pasar del tiempo ha teñido su cabello, los pliegues de historia que marcan su piel rosada por el viento de la mañana de invierno, que representa su experiencia.  Con su conocimiento y disposición, extiende el brazo y nos señala el ramaje que nos da sombra para aprender de su sabiduría, sus totumos que guardan remedios, “aliita” o la tapara, que sana enfermedades de gripa, desde su inició hasta crisis de neumonía “cuando uno cura, también se cura por dentro”, dice, mirando al cielo gris que poco a poco se abre a los rayos del sol. En cada planta encuentra la memoria de su abuela, el eco de los sueños y la certeza de que su vida está unida, para siempre, a los susurros espirituales que habita en la madre tierra.


martes, 7 de octubre de 2025

 El patrimonio familiar wayuu aplastado por las casas de empeño



Por Oriana Iguarán 

La artesanía, las prendas y sus piezas son un tesoro cultural, un lenguaje de colores y figuras que trascienden generaciones. Sin embargo, este patrimonio se enfrenta a una cruda realidad económica que lo va fragmentando poco a poco, un fenómeno cada vez más común y doloroso. Ver cómo estas piezas que son el sustento de la mujer wayuu terminan devaluadas en el último eslabón de la cadena comercial: las casas de empeño. 

Este tema no comienza en la puerta del prestamista, esto empieza desde hace tiempo atrás, por ejemplo, iniciaría a partir del regateo liderado por otras personas que compran el trabajo de esas mujeres al precio que ellos quieren, en vista de que las artesanas necesitan mantener a sus familias, aceptan y venden a bajo precios sus productos. Una artesana que ha dedicado su tiempo y hablamos de mucho tiempo al hacer una mochila o un chinchorro doble cara que podría llevarle más de tres meses de trabajo, no tiene otra opción más que aceptar ese negocio con tal de alimentar a su familia a pesar de que estos productos tienen un valor cultural que al final sólo se convierte en una mercancía más, haciendo que esto sea un ciclo de necesidad y oportunismo.

   Cuando este tipo de piezas llega al mercado, cambia su valor tanto espiritual como económico ya que el comprador algunas veces desconoce su precio real y a menudo busca el precio más bajo, sin considerar la historia que viene detrás de cada pieza. La consecuencia es que el valor se rompe, dejando a esas mujeres artesanas sin los ingresos necesarios para vivir dignamente.

   Por eso digo que cuando la necesidad es urgente, estos compradores suelen aprovecharse de la ocasión, llevando a las mujeres a que tomen la decisión de empeñar el arte que le ha costado hacer en su día a día, de nuevo entiendo que el arte no se devalúa por la calidad sino por la urgencia de quien la lleva.

   En la casa de empeño, una mochila o una prenda deja de ser obra de arte para convertirse en una pieza cualquiera porque no se valora la historia del tejido, los símbolos de la etnia o el tiempo invertido. 

   Un día por ejemplo, caminando por las calles de Maicao veía una variedad de colores entre las vitrinas que me atrajeron a ellas, mientras más me acercaba observé que eran chinchorros a la venta en precios sumamente exagerados, nada que ver con el dinero que le dieron un día a una tía que empeñó su chinchorro grande que lo había heredado de su abuela de alto valor sentimental importante que en cuestión de minutos simplemente ella veía como lo pesaban, como lo examinaban de forma superficial y al final le ofrecieron una cifra que en la mayoría de los casos, es una fracción mínima de su valor original, entendiéndose como el precio de la urgencia.

   Estas piezas de autonomía, de trabajo, de representación y orgullo, ahora son un acto de pérdida en la herencia simbólica, la vulnerabilidad, la pobreza y la desesperación de estas personas artesanas a quienes les devalúan sus trabajos convirtiéndolos en un tema normal de cada día. 

¿Se podría acabar este ciclo algún día?

   Al igual que las kakuna (prendas) son piedras preciosas que representan un valor fundamental, como almas que nos protegen en el andar y no solo define el estatus de las familias sino también es símbolo de elegancia que hoy en día se ha visto afectada a causa de su réplica, perdiendo la autenticidad y valor espiritual, cuando llegan a un lugar de compra y venta debido a la necesidad que la acompaña, no reconocen su valor y las transforman en piezas comunes ofreciéndolas en algo ¨más barato¨ y más fácil de obtener.

   Para detener este ciclo, es crucial que, desde los intermediarios y consumidores, comprendamos el verdadero valor de estas piezas que no son un souvenir, más bien son patrimonios culturales importantes que representan familias indígenas quienes buscan seguir perviviendo mediante la labor de mujeres artesanas que preservan nuestra cultura milenaria a través de sus manos.

   Es necesario educar a estos compradores para que entiendan el precio justo que debe tener cada artesanía o prenda, ¿se debe concientizar a toda la población acerca del propio valor de lo que es nuestro? La verdad sí es necesario que nosotros mismos entendamos lo auténtico y rechacemos las imitaciones baratas que han creado distorsión, confusión y desvalorización durante años.

   Cuando compres una pieza wayuu, no sólo estas obteniendo un objeto, sino que estas contribuyendo en la preservación de una cultura de años y en la dignidad del trabajo de estas artesanas, por eso es tiempo de generar conciencia y preguntarte si acaso eres consciente de lo que estas comprando.   


 Mochilas wayuu sin alma


Por Josué Uriana

El tejido dentro de la cultura wayuu es más que una práctica y herencia de sus ancestros, la mujer desde la etapa de la niñez, fue inculcada por su abuela a tejer la mochila, y celosamente conserva sus tradiciones culturales. Las mujeres no sólo tejen mochilas, sino que, entre puntadas y puntadas, bordan sueños, historias que se cuentan en silencio, donde cada hebra y vueltas habla de un corazón que se entrega por completo al arte. 

La mochila es una obra de arte del tejido milenario wayuu en su posición de conocimiento ancestral como una expresión artística y saberes que conservan contrastes en su plano de elaboración, esto presenta el tejido de la historia wayuu en relación con los animales y la naturaleza para un fortalecimiento de enseñanzas a las mujeres.

No sólo es un testimonio de la resiliencia y creatividad llevando consigo siglos de tradición, retratando historias y la identidad wayuu a través de sus fascinantes patrones, sino además sirve como un recordatorio esencial de la belleza del arte indígena y la importancia de preservar estás tradiciones. 

En los últimos años la artesanía ha ganado gran relevancia en ferias y mercados internacionales, tras este reconocimiento creciente, se ocultan desafíos profundos como el desconocimiento de la realidad que enfrentan las artesanas que las elaboran con sus dulces manos y amor al arte. El tejido más allá de ser una práctica ancestral, se ha convertido en una herramienta poderosa de liderazgo y empoderamiento para las mujeres wayuu.

Hoy en día los alijunas se han apropiado de las artes wayuu creando páginas en redes sociales, Facebook, Instagram, YouTube, Tik Tok, donde comparten tutoriales de elaboración de mochilas y de los diseños como si fueran propios de ellos, lo cual ha llevado a la pérdida el valor espiritual de la economía wayuu, ya son tejidos creados sin almas, sin esencia porque las manos poderosas de la mujer wayuu no participan en ella.

No logro entender porqué en los mercados los compradores ofrecen a las artesanas un precio muy bajo por las mochilas, que es un producto que requiere tiempo, paciencia y dedicación de la mujer wayuu, aprovechan el emprendimiento artesanal como intermediarios de sus negocios llegando a un beneficio que ayuda directamente a las comunidades.

Es por ellos que las mujeres y artesanas wayuu prefieren sentarse en las calles a vender sus tejidos porque es la manera más directa que tienen para buscar el sustento de su familia, muchas veces no existen espacios justos donde valoren sus artesanías, entonces ellas mismas salen a mostrar lo que hacen con sus manos. Por qué estar en las calles es duro, aguantar el sol, el cansancio y hasta las indiferencias de algunos compradores, pero aún así lo hacen, para vender sus tejidos y es la forma de mantener vivo el precio justo de su arte. 





viernes, 3 de octubre de 2025

 La medicina ancestral y la profanación de su sacralidad


Por Francheska Gómez 

La medicina ancestral en nuestras raíces es un tesoro guardado y un legado sagrado que nuestros antepasados protegían con el mismo fervor con el que cuidaban la vida. Era un conocimiento que fluía entre susurros, en rituales íntimos y en la profunda conexión con la naturaleza y el mundo espiritual. La medicina ancestral no es un simple conjunto de remedios, es una base fundamental de la cosmovisión wayuu, un sistema integral donde el cuerpo, la mente y el espíritu danzaban en armonía guiando a los outsü, quienes actuaban como guardianes de la salud y de la vida.

Estos medicamentos ancestrales incluyen rituales que armonizan y ahuyentan energías negativas como los wanülüü, el profundo entendimiento de la naturaleza y sus ciclos, la importancia vital de los sueños como canal de comunicación espiritual y la intervención de los outsü, esos sabios y guías que actúan como intermediarios con el mundo espiritual, este conocimiento que abarca desde las propiedades curativas de las plantas hasta la sabiduría que se revela en los sueños y la conexión con los animales, era un bien protegido, un patrimonio que se transmitía de generación en generación desde hace miles de años, donde hoy en día se desconoce el conocimiento el valor y la importancia de estos remedios wayuu.

Al recorrer las calles de Maicao, me encontré con una realidad que me lleva a preguntar: ¿La medicina tradicional, ese saber ancestral que antes se transmitía con reverencia y se mantenía en la intimidad del territorio, ahora se exhibe en puestos de venta a la vista de todos? ver la gran variedad de plantas y remedios expuestos para la venta me genera sentimientos encontrados. Si bien entiendo y respeto la necesidad de generar ingresos y es que cada uno tiene la libertad de hacerlo, me duele ver cómo este conocimiento que antes era un secreto sagrado ahora se expone en el suelo accesible a cualquiera sin el debido contexto, una profanación a este elemento sagrado.

Hoy me pregunto ¿dónde quedó esa protección? ¿Dónde se resguarda ese valor espiritual que antes envolvía cada planta, cada ritual? Al estar expuesta de esta manera, la medicina tradicional pierde su esencia, se despoja de la carga espiritual y ancestral que la define. No se trata de prohibir la venta o de negar la posibilidad de generar ingresos a quienes poseen este conocimiento, sino de encontrar un equilibrio que pueda permitir la subsistencia sin necesidad de sacrificar la profundidad del conocimiento de la protección de nuestra medicina ancestral. Así mismo, como nación wayuu necesitamos reflexionar, sobre cómo podemos comercializar nuestras medicina ancestral de una manera respetuosa, que honre su origen, que mantenga su valor espiritual y que garantice su transmisión íntegra a las futuras generaciones, donde la economía propia sea importante sin necesidad de exponer y socavar la identidad y la profundidad de nuestras prácticas ancestrales Wayuu.


 Comercio ancestral condenado a la miseria

Artículo de opinión: Ernestor Fernández   

 En nuestras comunidades del corregimiento de Tawaira, la cría de ganado es la base de la economía del pueblo wayuu. Desde temprana edad los niños son guiados en el camino del pastoreo y la contabilidad, porque tienen el compromiso de contar los animales al salir del corral al igual que a su regreso, ahí les inculcan parte de la matemática para su diario vivir, esto no es  sólo una actividad productiva sino también una práctica ancestral que sostiene la vida y fortalece la autonomía económica, la venta de ganado representa mucho más que un ingreso, es el reflejo de un modelo económico enraizado en la cultura y en la relación con el territorio.

   Desde hace siglos nuestros ancestros sacrifican que animales y salen de su territorio para venderlos en el mercado, pero les ofrecen un precio injusto que sólo sirve para su sustento, después de tanto sacrificio venden su rebaño sólo por el bienestar de sus hijos. 

   Por ejemplo, un pastor wayuu puede invertir más de cuatro meses aproximadamente cuidando sus animales en medio de una sequía, resistiendo el hambre y el agotamiento que impone el desierto. Después de ese sacrificio, se ve obligado a vender uno de sus chivos como única alternativa para sostener a su familia. El trayecto no es sencillo para llegar al mercado, debe recorrer más de cinco horas en moto desde la Alta Guajira hasta la cabecera municipal de Uribia. 

Sin embargo, al llegar al mercado la realidad es desalentadora, apenas le ofrecen 50 mil pesos por su animal, una cifra que resulta irrisoria frente al esfuerzo invertido y que lejos de garantizar el sustento de su hogar, reproduce el círculo de pobreza y desventaja económica en el que históricamente se ha mantenido al pueblo wayuu. Por eso, hoy en día se está disminuyendo la venta de ganado, porque los wayuu han optado por resguardar sus animales, no sólo como un recurso económico de emergencia, sino como parte de su patrimonio cultural y de su estrategia de resistencia frente a un sistema de mercado que no reconoce las condiciones de igualdad, los criadores prefieren conservar sus reses para resolver problemas internos del hogar y mantener la armonía en sus territorios asegurando que las próximas generaciones continúen con el legado de respeto y cuidado de su rebaños. 

Además, esta transacción, lejos de fortalecer la economía local, termina empobreciendo aún más a las familias que apenas alcanzan cubrir el gasto básico de alimentación, salud o educación para sus hijos. El comercio que debería ser una oportunidad de crecimiento se ha convertido en una cadena de explotación, por eso es muy necesario organizarse para resguardar las economías propias ancestrales porque no es justo que nuestro relevo generacional siga sufriendo estas consecuencias.

   Así mismo, es urgente que la sociedad y el Estado reconozcan el valor de este comercio ancestral y promuevan mecanismos legales que garanticen precios justos, y que la economía indígena no debe verse únicamente desde la lógica del mercado capitalista, sino desde una visión intercultural que respete la cosmovisión y el papel central que tienen los animales en su organización social y espiritual.

   También los comercios wayuu no pueden continuar como un negocio donde ganen siempre los de afuera y pierdan los de adentro, porque la dignidad y la justicia económica son derechos que corresponden defender y preservar no sólo su sustento sino su cultura viva.

   Por otra parte, el Estado permanece ausente y los intermediarios imponen precios injustos, los pastores wayuu continúan sacrificando sus animales y su propio bienestar en un mercado que no reconoce el verdadero valor cultural, económico y social de su trabajo. Es necesario replantear las políticas públicas y los modelos de comercio en la región, no como un favor, sino como un acto de justicia histórica hacia un pueblo que resiste en medio de la adversidad.

Por lo tanto, el pueblo wayuu no necesita lástima, sino dignidad y justicia en el valor de su trabajo. Cada animal vendido en condiciones desiguales es una muestra de cómo la indiferencia estatal y el abuso de intermediarios profundizan la pobreza en la Alta Guajira. Reconocer el verdadero costo de ese sacrificio no es solo un asunto económico, es un deber ético y social mientras no se transformen esta forma de economía, la sociedad no seguirá siendo cómplices de un sistema que desangra la cultura wayuu y condena a sus familias a sobrevivir, en lugar de vivir con la dignidad que merecen.


        


jueves, 2 de octubre de 2025

 ¿Cómo ha sobrevivido el pueblo Wayuu a través de los siglos?

Texto: Dilmaris Fernández

Nacemos en el corazón de nuestro territorio, un espacio que nos abraza y nos guía a lo largo de la vida, dejando nuestras huellas en la inmensidad del desierto. La tierra nos provee lo necesario y nosotros, con nuestro esfuerzo, la trabajamos, construyendo así el sustento de nuestros hogares y familias.

Este modelo de vida ancestral de la economía propia desde el comercio binacional que compartimos desde Venezuela a Colombia o viceversa, es un tema común de escuchar tal vez porque alguno de nosotros lo hemos vivido. Ahora bien, más allá sobre los titulares de crisis y controles, nuestra economía es compleja y se levanta como un muro que a pesar de las adversidades y el proceso histórico que ha enfrentado demuestra una resiliencia inquebrantable.

Debemos entender la naturaleza de este hecho y para eso es esencial volver a mirar el pasado, mucho antes de las fronteras nacionales y la existencia de la moneda, según los relatos de nuestros mayores, antes del proceso de aculturación, nosotros nos regíamos y lo seguimos haciendo por el trueque que es el intercambió ancestral de bienes y productos como medio de sustento, aunque hoy esta historia no es la misma que miramos ayer. Este sistema es un reflejo de la economía como recurso propio que ha demostrado ser más eficaz para nuestro sustento local que cualquier plan de desarrollo impuestos desde los centros de poder.

La mujer wayuu no solo participa dentro de esta narrativa, son el eje central que mantienen este motor económico, tal es el caso de las “bachaqueras”, término que se refiere a una especie de hormigas que viajan cargando alimentos, esto fue en el período entre 2010 y 2012 donde las mujeres wayuu de noche o madrugada tomaban el autobús rumbo a la ciudad de Maracaibo para luego dormir en las aceras y esperar que abrieran los grandes comercios para ser las primeras en comprar el producto regulado por el gobierno venezolano para luego posteriormente trasladarlo a Maicao y venderlo a otro precio accesible a los colombianos.

El “bachaqueo” al igual a los otros nombres que se les ponía a este medio de trabajo me parece sinceramente denigrante a la persona, pero como somos wayuu orgullosos nos adueñamos de algo que se nos impuso, este fenómeno persiste y continua, especialmente cuando nos llaman como los “wayuu contrabandistas” o “ladrones” y esto no solo lo dice el Estado, si vamos a investigar por los medios siempre aparecerá el titular de “El contrabando en la Guajira”, pero sé que no podemos cambiar ahora la visión que se tiene pero podemos seguir alzando nuestras voces y escribiendo desde el pensamiento y realidad que se vive.

Es común escuchar que este comercio sea tildado de “ilegal”, pero esta etiqueta ignora la compleja realidad que nos impulsa como wayuu arraigado a su costumbre ancestral, la falta de acceso a empleos formales, la escasa inversión y la ausencia de algunos servicios bancarios dentro de territorio, nos obliga a crear y volver a nuestras propias soluciones. La visibilidad de la actividad del comercio en las calles y en las trochas de Paraguachón demuestra que no es algo que se está ocultando. 

El verdadero problema no es la supuesta ilegalidad de los wayuu, sino la incapacidad de los estados de reconocer y formalizar este modelo económico que ha existido más de 100 años y funcionado para nuestra nación.

Dejaremos nuestra economía cuando uno muere, porque mientras nos sigan cerrando las puertas nosotros nos meteremos por una ventana, así claro está que seguiremos adaptándonos a cualquier cambión y transformando necesidades y problemas en oportunidades.

¿Qué visión tendrá esto en unos próximos años? Mientras el Estado siga viendo el medio de vida como algo ilegal para nosotros como wayuu mezquinos y arraigados este comercio binacional es un testimonio vivo de lo inagotable resiliencia y espíritu autónomo que se nos negamos a borrar por una frontera. Es una economía colectiva que hemos venido tejiendo desde la identidad propia que nos caracteriza como indígenas.